HABLA LA HISTORIA; ASÍ RECORDANDO, ARRANCAMOS…….

MUJERES EN LA HISTORIA; UNA HISTORIA DE MUJERES.
Desde hace un par de siglos, los humanos hemos empezado a cuestionarnos por qué las sociedades diferenciaban de tal modo a hombres y mujeres en cuanto a jerarquía y a funciones. Alguna hembra especialmente intrépida ya se había planteado esas preguntas antes, como, por ejemplo, la francesa Christine de Pisan, que escribió en 1405 “La Cité des Dames”( La Ciudad de las Damas) ; pero tuvieron que llegar el positivismo y la muerte definitiva de los dioses para que los habitantes del mundo occidental desdeñaran la inmutabilidad del orden natural y comenzaran a preguntarse masivamente le porqué de las cosas, curiosidad intelectual que por fuerza hubo de incluir, pese a la resistencia presentada por muchos y muchas, los numerosos porqués relativos a la condición de la mujer: distinta, distante subyugada…
Y en realidad aún no hay una respuesta clara a esas preguntas: cómo se establecieron jerarquías, cuándo sucedió, siempre fue así? Se han acuñado teorías, ninguna de ellas suficientemente demostrada, que hablan de una primera etapa de matriarcado en la humanidad. De grandes diosas omnipotentes, como la Diosa Blanca mediterránea que describe Robert Graves.Tal vez no fuera una etapa de matriarcado, sino simplemente de igualdad social entre los sexos, con dominios específicos para unas y otros. La mujer parís, y esa asombrosa capacidad debió de hacerla muy poderosa.Las Venus de la fertilidad que nos han llegado desde la prehistoria (como la de Willendorf: gorda, oronda, deliciosa) hablan de ese poder, así como las múltiples figuras femeninas posteriores, fuertes diosas de piedra del neolítico.
Engels sostenía que la supeditación de la mujer se originó al mismo tiempo que la propiedad privada y la familia, cuando los humanos dejaron de ser nómadas y se asentaron en poblados de agricultores, el hombre, necesitaba asegurarse unos hijos propios a los que pasar sus posesiones, y de ahí que controlara a la mujer. A mi se me ocurre que tal vez el don procreador de las hembras asustara demasiado a los varones, sobre todo cuando se convirtieron en campesinos. Antes, en la vida errante y cazadora, el valor de ambos sexos estaba claramente establecido: ellas parían, amamantaban, criaban, ellos cazaban, defendían. Funciones intercambiables en su valor, fundamentales. Pero después en la vida agrícola, ¿Qué hacían los hombres de específico? Las mujeres podían cuidar la tierra igual que ellos, o quizá, desde un punto de vista mágico, aún mejor, porque la fertilidad era su reino, su dominio. Sí, resulta razonable pensar que debían de verlas demasiado poderosas. Tal vez el afán masculino de control haya nacido de este miedo (y de la ventaja de ser más fuertes físicamente).
Ese recelo hacia el poder de las mujeres se advierte ya en los mitos primeros de nuestra cultura, en los relatos de la creación del mundo, que por un lado se esfuerzan en definir el papel subsidiario de las hembras pero que al mismo tiempo nos otorgan una capacidad para hacer daño muy por encima de nuestro lugar de segundonas. Eva pierde a Adán y a toda la humanidad por dejarse tentar por la serpiente, y lo mismo hace Pandora, la primera mujer según la mitología griega, creada por Zeus para castigar a los hombres: el dios da a Pandora un ánfora llena de desgracias, jarra que la mujer destapa movida por su irrefrenable curiosidad femenina, liberando a sí todos los males. Estos dos cuentos primordiales presentan a la hembra como un ser débil, atolondrado y carente de juicio. Pero por otro lado la curiosidad es un ingrediente básico de la inteligencia, y es la mujer quien posee en estos mitos el atrevimiento de preguntarse que hay más allá, el afán de descubrir lo que está oculto. Además, de los males que traen ESVA y Pandora al mundo son la mortalidad, la enfermedad, el tiempo, condiciones que forman la sustancia misma de lo humano, de modo que en realidad la leyenda les adjudica un papel agridulce pero inmenso como hacedoras de la humanidad.
Más fascinante aún es la historia de Lilit. La tradición judía cuenta que Eva no fue la primera mujer de Adán, sino que antes existió Lilit. Yesta Lilit quiso ser igual que el hombre: le indignaba, por ejemplo, que la forzaran a hacer el amor debajo de Adán ,aprovechándose de su mayor fuerza física, intentó obligarla a obedecer, pero entonces Lilit le abandonó. Fue la primera feminista de la Creación, pero sus moderadas reivindicaciones eran por supuesto inadmisibles para el dios patriarcal de la época, que convirtió a Lilit en una diabla mataniños y la condenó a padecer la muerte de cien de sus hijos cada día, horrendo castigo que emblematiza a la perfección el poder del macho sobre la hembra. Y es que tal vez en el nito de Lilit subyazca la memoria olvidada de ese posible tránsito entre un mundo antiguo no sexista (con mujeres tan fuertes y tan independientes como los hombres) y el nuevo orden masculino que se instauró después.
El hecho, en fin, es que las mujeres han sido ciudadanos de segunda clase durante milenios, tanto en Oriente como en Occidente, en el Norte como en el Sur. El infanticidio por sexo ( matar a las niñas recién nacidas porque son una carga no deseada, al contrario que el codiciado hijo varón) ha sido una práctica extendidísima y habitual en toda la historia, desde los romanos a los chinos o los egipcios, y aún hoy se practica más o menos abiertamente en muchos países del llamado Tercer Mundo. Lo que da una idea del escaso valor que se daba a la mujer, que ya venía al mundo con el desconsuelo fundamental de no haber sido ni tan siquiera deseada.
Hijos como somos todavía de las ideas de la perfectibilidad y del progreso de los siglos XVIII y XIX, tendemos a creer que la sociedad que hoy vivimos es en todo mejor que la de ayer pero peor que la de mañana, como si las cosas se arreglaran inexorablemente con el tiempo, falsedad por otra parte tan obvia que no merece la pena discutirla. Y así, en el caso de la mujer solemos pensar que se ha ido poco a poco conquistando la igualdad hasta llegar al máximo de hoy, lo cual no es del todo cierto. Porque la situación de la mujer occidental parece ser hoy mejor que nunca, pero el trayecto no ha sido lineal: ha habido momentos de mayor libertad, seguidos por épocas de reacción. En ocasiones el nivel de represión ha alcanzado cotas aterradoras, como en las cazas de brujas de los siglos XV y principios del XVI, que tal vez fueran una respuesta a la efervescencia humanista y liberal del Renacimiento. Hubo miles de ejecuciones en Alemania, en Italia, en Inglaterra y Francia, el 85% de los reos abrasados vivos por brujería eran mujeres de todas las edades, incluso niñas. En algunos pueblos alemanes había seiscientas ejecuciones anuales. En Toulouse, cuatrocientas mujeres fueron llevadas a la pira en un solo día. Hay autores que hablan de millones de muertes. Se las condenaba y quemaba con acusaciones a veces delirantes (tener relaciones con el diablo, beberse la sangre de los niños), pero también por los pecados de administrar anticonceptivos a otras mujeres, hacer abortos o dar drogas contra el dolor del parto. Esto es, por mostrar un control sobre sus vidas, conocimientos médicos que les estaban prohibidos (las mujeres no podían estudiar) y cierta independencia.
Fue con la revolución Francesa y sus ideales de justicia y fraternidad cuando un puñado de hombres y mujeres empezaron a comprender que la igualdad era para todos los individuos o no lo era para nadie: “O bien ningún miembro de la raza humana posee verdaderos derechos, o bien todos tenemos los mismos, aquel que vota en contra de los derechos de otro, cualesquiera que sean su religión, su color o su sexo, está abjurando de ese modo de los suyos”. Son palabras que Condorcet, al admirable filósofo francés que participó en la redacción de la Constitución revolucionaria, escribió en 1790 en su ensayo Sobre la admisión de
las mujeres en el derecho de la Ciudad. Condorcet fue un ferviente feminista; el y otros pocos caballeros sensibles empezaron a denunciar la situación de la mujer. Esos primeros discursos de hombres no sexistas fueron muy importantes, porque hacía falta estar cultivado para poder asumir una actitud crítica y las mujeres de la época carecían caso por completo de educación.
Con el ardor de la Revolución empezaron a aparecer por toda Francia (y enseguida por toda Europa) clubes y asociaciones de mujeres, y hubo revolucionarias feministas famosas, como Olympe de Gouges y Theroigne de Méricourt.
Pe ro ese ensueño de justicia y libertad duró muy poco: con la llegada del Terror se volvió a meter a la mujer en casa. En junio de 1793, Theroigne fue atacada por un grupo de ciudadanas y golpeada con piedras en la cabeza, no murió, pero perdió la razón y pasó el resto de su vida un un manicomio sin entender como había sido atacada por las mismas de su género. Olympe fue guillotinada en noviembre de 1793 y los clubes de mujeres se prohibieron. En cuanto a Condorcet, Robespierre le condenó a muerte y el filósofo prefirió envenenarse en su primera noche de cárcel, en el mes de septiembre de ese mismo año. Las aguas quietas del prejuicio sexista se cerraron de nuevo.
Unas cuantas décadas después, sin embargo, a mediados del siglo XIX, se creó la cuestión de la mujer, es decir, la mujer fue entendida por primera vez como un problema social. Esto fue un resultado de la revolución industrial, que había acabado con la vida familiar tradicional. Antes las amas de casa estaban supeditadas al varón, pero llevaban el peso de un buen número de actividades cotidianas. Hacían conservas, salaban pescados, confeccionaban la ropa de la familia, cuidaban de la huerta y de los animales, fabricaban jabón, velas, zapatos, conocían las hierbas medicinales y cuidaban de la salud de toda la familia. Eran personajes activos e importantes dentro del entorno doméstico. La revolución industrial, sin embargo, fue quitándoles poco a poco todas sus atribuciones. El jabón se compraba en las tiendas, la población urbana crecía y cada vez había menos huertas y menos animales, la salud pasó a ser dominio de los médicos. La mujer, en fin, se quedó sin un lugar propio en el mundo.
Se vivía además en el auge del positivismo, del cientificismo, según el cual Dios agonizaba, el orden inmutable y natural ya no se aceptaba como una respuesta absoluta a los enigmas, había que definir de nuevo del universo entero. La mujer era una incógnita más de la existencia, un misterio que había que desvelar en términos científicos. Porque entonces, a finales del XIX, los humanos llegaron a creer que podrían ordenar e iluminar todas las tinieblas de la realidad a través de la palabra definitoria del sabio, de la clasificación del erudito.
De modo que las mujeres se convirtieron en objeto de estudio de los hombres, que las comparaban con lo normal, esto es, con los valores y las características del varón.”Se admite generalmente que en la mujer los poderes de la intuición, la percepción y quizá la imitación son más señalados que en el hombre, pero algunas de estas facultades, al menos, son características de las razas inferiores, y, por consiguiente, de un estado de civilización pasado y menos desarrollado”, decía Darwin. Desde la perspectiva de lo viril, la mujer empezó a ser vista como una anomalía, un ser enfermo sujeto a menstruaciones y dolores. La insana y torturante moda de los corsés (llegaban a torcer las costillas y a provocar desplazamientos de útero y de hígado)fomentaban los ahogos y los desmayos, y la falta de lugar en el mundo y de perspectivas vitales aumentaban las depresiones y las angustias. Por consiguiente la mujer era tenida por un ser enfermo y de hecho enfermaba: a finales del XIX y principios del XX hubo una epidemia de anoréxicas, de pacientes aquejadas por extrañas patologías crónicas, hasta llegar a las histéricas de Freíd.
El novelista Henry James supo dibujar en sus libros el prototipo de la mujer de su época, inteligente y apasionada pero atrapada por la circunstancias sociales: posiblemente se inspirara en la vida de su propia hermana, Alice James, una mujer creativa y sensible a quien le gustaba escribir (sus diarios se publicaron hace poco), pero que no pudo ir a la universidad ni recibió el apoyo necesario para dedicarse, como Henry, a la literatura. Alice fue una enferma crónica: su enigmático mal la convirtió en una inválida desde los diecinueve años, y cuando enfermó de cáncer fulminante a los cuarenta y tres se alegró de morir.
Aquellos debieron de ser tiempos muy angustiosos y difíciles para las mujeres: las de clase baja se reventaban con turnos fabriles de dieciséis horas y teniendo además que parir y cuidar del hogar, y las de clase media y alta estaban atrapadas en una cárcel de oro. Las heroínas literarias del XIX (Anna Karenina, Madame Bovary, Ana Ozores en la obra la Regenta) hablan de la tragedia de unas mujeres sensibles, inteligentes y capaces que vivían unas vidas sin sentido, que intentaban escapar del vacío a través del amor romántico y que pagaban muy cara su trasgresión a las rígidas normas. Salvo excepciones (el escritor Mark Twain, por ejemplo, siempre fue deliciosamente feminista), debía se ser tan hostil el entorno masculino en aquellos momentos, y tan grande la incomprensión de lo femenino, que muchas mujeres empezaron a escoger la soltería y a establecer relaciones de convivencia de por vida con otras mujeres. En América eso era llamado por entonces un matrimonio bostoniano (la novela de Henry James “las bostonianas” habla precisamente de ese mundo femenino) y no tenía que tener necesariamente un componente lesbiano, sino que en muchas ocasiones eras una unión emocional y cómplice frente a la vida de mujeres activas, independientes e intelectualmente inquietas que no querían resignarse al encierro social.
Con todo, lo más asombroso es comprobar que siempre ha habido mujeres capaces de sobreponerse a las más penosas circunstancias, mujeres creadoras, guerreras, aventureras, políticas, científicas, que han tenido la habilidad y el coraje de escaparse, quién sabe cómo, de destinos tan estrechos como una tumba. Siempre fueron pocas, claro está, en comparación con la gran masa de hembras anónimas y sometidas a los límites que el mundo les impuso; pero fueron, sin lugar a dudas, muchísimas más que las que hoy conocemos y recordamos. Y es que, como dice la escritora italiana Dacia Maraini, las mujeres cuando mueren lo hacen para siempre, sometidas al doble fin de la carne y del olvido. Los historiadores, los enciclopedistas, los académicos, los guardianes de la cultura oficial y de la memoria pública han sido siempre hombres, y los actos y obras de las mujeres han pasado raramente a los anales. Aunque hoy esta amnesia sexista está por fin cambiando: la creciente presencia femenina en los niveles académicos y eruditos empieza a normalizar la situación, y se ha abierto todo un campo de nuevas investigaciones, hechas mayoritariamente por mujeres, que intentan rescatar a nuestras antepasadas de la bruma.
Unas antepasadas capaces de llevar a cabo proezas anónimas tan ingentes como la invención, en la provincia china de Hunan, de un lenguaje secreto. O, mejor dicho, de una caligrafía sólo para mujeres, un modo de escribir críptico llamado “nushu” que cuanta con dos mil caracteres y que tiene una antigüedad de al menos mil años (algunos especializas llegan a hablar de seis mil), aunque hoy en día ya sólo lo conocen media docena de ancianas octogenarias. Dicen que el nunhu fue inventado por la concubina de un emperador chino (y si fue así, ¡qué genio el suyo, capaz de idear todo un sistema de escritura!) para poder hablar con sus amigas de su vida íntima, de sus quejas de sus sentimientos sin correr el peligro de ser descubierta y castigada. Muchas de las mujeres que aprendieron esta caligrafía no sabían escribir en han, o idioma chino oficial, porque a las hembras se
las mantenía analfabetas y cuidadosamente al margen de la vida intelectual, de modo que el clandestino nushu les otorgó el poder de la palabra escrita, una fuerza solidaria con la que organizar cierta resistencia.” Debemos establecer relaciones de hermanas desde la juventud y comunicarnos a través de la escritura secreta” dice uno de los textos milenarios conservados. Y otro añade: “los hombres se atreven a salir de casa para enfrentarse al mundo exterior, poro las mujeres no son menos valientes al crear un lenguaje que ellos no pueden entender”
Valientes y anónimas, sí, así fueron millones de mujeres del pasado. Precisamente, y según las últimas teorías académicas, tal vez los textos anónimos de la historia de la literatura hayan salido en su mayoría de plumas femeninas. En otras ocasiones, las mujeres escribían obras que luego sus cónyuges (o sus hombres: padres, hermanos, hijos) publicaban, como es el caso de la española María Martínez Sierra (1874-1974) socialista y feminista, diputada de la Segunda República e importante dramaturga, aunque sus trabajos aparecieron bajo el nombre de su marido, Gregorio. Además ya está dicho que las obras de las mujeres siempre han tendido a extraviarse y a olvidarse; perdido está, por ejemplo, el poema épico La guerra de Troya, de la griega Helena, en quien se inspiró Homero para hacer la Iliada. En fin, como dice Virginia Wolf, ¿qué sucedió con Judith Shakespeare, la hermana imaginaria, ambiciosa y llena de talento de Shakespeare? Por otra parte, el recuerdo que tenemos de las mujeres y de sus actos está a menudo teñido por los valores sexistas. Por ejemplo: no me olvido de Mesalina, esposa del emperador romano Claudio I, porque ha pasado a la historia convertida en el símbolo de la mujer infiel y ninfómana. O bien Catalina la Grande la famosa emperatriz de Rusia, de quien se recuerda, sobre todo, que era una señora de armas tomar y que tenía muchos amantes. Sin embargo esta mujer que llevó las riendas del imperio desde 1762 a1796, fue una de las grandes soberanas del absolutismo ilustrado. Reformó la administración del Estado ruso, hizo el primer compendio legislativo, luchó contra lituanos y turcos, anuló la autonomía de Ucrania; por si esto fuera poco, protegió las artes y las letras, mantuvo una intensa correspondencia con Voltaire, escribió obras teatrales y fundó el periódico Cualquier tontería, importante soporte ideológico del absolutismo. Además tuvo amantes, si, como la inmensa mayoría de los soberanos varones de todos los tiempos, pero, a diferencia de muchos de estos reyes y emperadores, ella sí supo mantener a sus amantes en el terreno puramente íntimo, sin dejarse influir políticamente por ellos. Con todo, en cuanto que una se asoma a la trastienda de la historia se encuentra con mujeres sorprendentes: aparecen bajo la monótona imagen tradicional de la domesticidad femenina de la misma manera que el buceador vislumbra las riquezas submarinas (un paisaje inesperado de peces y corales) bajo las aguas quietas de un mar cálido. Ahí están, por ejemplo, las hembras guerreras, personajes de formidable extravagancia. Como María Pérez, una heroína castellana del siglo XII, que combatió, vestida de hombre, contra los musulmanes y los aragoneses. María retó en duelo al rey de Aragón Alfonso I el “batallador”, a quien venció y desarmó. Cuando se descubrió que era mujer fue bautizada como “la varona” lo cual no le impidió casarse después con un infante y abandonar las guerras por la familia. O como la fascinante Mary Read, aventurera inglesa del siglo XVIII, que también vistió de hombre y se alistó como soldado en el regimiento de Infantería de Flandes. Después de batallar durante algunos años dejó el ejército, se casó y abrió una taberna en Breda, pero al enviudar volvió a ponerse ropas masculinas y , alistada en la infantería holandesa, embarcó rumbo a América en un navío que fue apresado por los corsarios, momento en el que la irreductible Mary Read decidió hacerse pirata. Y como pirata vivió largos años, enamorándose en el entretanto de un marinero y casándose con él, hasta que en 1720 cayó en poder de los ingleses y fue encerrada en la prisión jamaicana en la que murió.
También Juana de Arco vistió resplandecientes armaduras viriles cuando se puso al frente de los ejércitos franceses a los diecisiete años, dirigiéndolos en la guerra contra los ingleses, a los que infligió grandes derrotas hasta que fue atrapada a los diecinueve años por el enemigo y quemada viva. Otra francesa, Louise Bréville, se hizo pasar por hombre a finales del siglo XVII, tras ser expulsada del ejército por matar a otro soldado en un duelo, se enroló como marina y llegó a tener el mando de una fragata de combate. Murió a los veinticinco años den una batalla naval contra Holanda, herida en el transcurso de un abordaje.
No fueron sólo las guerreras quienes se vistieron con ropas de varón y adoptaron personalidades masculinas, muchas otras mujeres se vieron obligadas a utilizar el cobijo de una identidad viril para protegerse de la dureza misógina del entorno. La famosa socióloga y pensadora gallega Concepción Arenal (1820-1893), por ejemplo, tuvo que disfrazarse de hombre para poder asistir a las clases de Derecho, porque las mujeres tenían prohibido el acceso a la universidad. Algo parecido sucedió con Henrietta Faber, que a principios del XIX se disfrazó de hombre y trabajó como doctora en La Habana durante años, hasta que en 1820 se enamoró, reveló que era mujer y quiso casarse; momento que que fue detenida, juzgada y condenada a diez años de cárcel, porque en Cuba las mujeres tenían prohibido estudiar y practicar la medicina. Por otra parte, el uso de seudónimos masculinos ha sido una práctica bastante común entre las escritoras del siglo pasado, como George Helios, George Sand, Victor Catalá o Fernán Caballero.
Otro tipo de travestismo más común y admitido socialmente al que recurrieron durante muchos siglos las mujeres fue el religioso, esto es: meterse monja. El convento fue a menudo una obligación social, un encierro y un castigo, pero para muchas mujeres fue también aquel lugar en el que se podía ser independiente de la tutela varonil, y leer, y escribir, y asumir responsabilidades, y tener poder, y desarrollar, en fin, una carrera.
Ha habido monjas maravillosas por su nivel intelectual o su capacidad artística, como santa Teresa, sor Inés de la Cruz o Herrad de Landsberg, abadesa de Hohenburg, que en el siglo XII hizo la primera enciclopedia de la historia confeccionada por una mujer (el hecho de que pudiera plantearse una obra tan ambiciosa da una medida del ancho mundo que el convento abría a las señoras), titulada Hortus Deliciarum o Jardín de las Delicias
Bellísimamente ilustrada y destinada a la formación de sus religiosas.
Otras monjas fueron apasionadas y carnales, como sor, Mariana Alcoforado una religiosa portuguesa del siglo XVII que tuvo la mala suerte (o quizá la buena) de enamorarse de un conde francés al que dirigió unas bellas y febriles cartas que éste tuvo la desfachatez de publicar en París (claro que gracias a eso se conservan) en 1669. Y las hubo, en fin, tránsfugas y peleonas, como la monja alférez, Catalina de Erauso, que escapó del convento con tan sólo once años, se enroló de grumete disfrazada de chico y se alistó como soldado en América bajo el nombre de Alonso Díaz. Por otra parte, hubo hembras deseosas de independencia que, en vez de optar por ser “buenas” esto es, monjas, optaron por ser “malas”: las cortesanas, desde las cultas hetariras griegas hasta la Montespán o la Pompadour, amantes de los reyes franceses, siempre tuvieron una notable influencia en la vida pública.
Fuera del convento y de la “vida fácil” sólo ha existido para las mujeres otra gran vía de escape de la tutela masculina, y ésa ha sido la viudez. Sobre todo en lo relativo a las responsabilidades de mando: detrás de la caso absoluta totalidad de las mujeres que han alcanzado el poder antes del
siglo XX hay un marido muerto. En ocasiones excepcionales el muerto era el padre, y a menudo había además un hijo o un hermano pequeño del que ellas eran representantes o regentes, por lo menos en un primer momento, hasta que podían afianzar su propio poder. Resulta fascinante ver cómo unas mujeres que no sólo no habían sido preparadas intelectual y políticamente, sino que además soportaban un entorno totalmente disuasorio, eran capaces de luchar, asumir y mantener el poder, convirtiéndose a menudo en gobernante de gran talla. Un perfecto ejemplo de las dificultades a las que se enfrentaban estas damas está en la pobre y grava Margarita de Austria, que fue casada en 1599 con Felipe III a los catorce años y aterrizó en la corte española sin saber otro idioma que le alemán. Para no perder su poder sobre el rey, el duque de Lerma aisló a la recién llegada Margarita: despidió a toda su servidumbre alemana y la rodeó de gente española de su confianza. Es de imaginar el calvario de esta adolescente, tan sola y atrapada en una corte hostil y en un idioma incomprensible, y pariendo hijo tras hijo para la Corona. Siete años después, sin embargo, había aprendido lo suficiente de la lengua y de la política como para enfrentarse al duque de Lerma y conseguir que lo procesaran. Con el apoyo del confesor del rey, fray Luís de Aliaga, intentó entonces procesar también al duque de Uceda, pero esta vez perdió. Murió a los veintisiete años al dar a luz a su octavo hijo, surgieron complicaciones tras el parto y al parecer el duque de Uceda impidió que fuera atendida médicamente. Todo un trágico destino de mujer.
Sin embargo, y pese a la adversidad del medio, la historia europea está llena de numerosas Leonores, Marías ,Isabeles, Juanas, Luisas o Margaritas que rigieron en un momento u otro dos destinos de sus pueblos, a menudo con sabiduría y prudencia. Claro que en el mundo ha habido mujeres menos prudentes, como Semíramis , reina de Asiría en el siglo IX antes de Cristo, que hizo asesinar a su marido, el rey Ninos, para quedarse con el poder (ésa era otra manera de enviudar) y que, en sus cuarenta y dos años de reinado, fundó Babilonia y conquistó Egipto y Etiopía. Otra hembra rotunda fue la reina egipcia Hatshepsut (s.XV a. de c) que se proclamó faraón (no existía la posibilidad de ser faraona) y se mantuvo en el poder durante más de veinte fructíferos años. Aparecía siempre representada como un hombre, y su hijastro Tutmés III, cuando subió al trono, la borró de la lista de faraones.
También están las madres vengativas, como Tomiris, reina de los escitas , en el siglo VI antes de Cristo a quien Ciro, el célebre y cruel rey de los persas, había matado un hijo. Por eso, cuando Tomiris venció a Ciro le hizo cortar el cuello y metió su cabeza en un cubo de sangre, para que se saciara su sed de ella. O como la Gaitana, cacique (o cacica) de una tribu colombiana en la época de la conquista, su hijo se opuso al reparto de los indios que se proponía hacer el conquistador Añasco, y por eso fue quemado vivo delante de ella. Entonces la Gaitana levantó a todos los indios contra Añasco, lo venció y ordenó que torturaran lentamente hasta la muerte.
Hay gobernantas cegadas por la pasión, como nuestra Juana la Loca, que paseó durante tras años por toda España el cadáver de su marido Felipe el Hermoso. Artemisa II, reina de halicarnaso (s.IV a.de C.) que al quedarse viuda de su amado Mausolo mandó construir un monumento en su menoría que fue una de las siete maravillas del mundo antiguo y que aún hoy nos ha dejado el uso de la palabra mausoleo. Una antepasada de esta desconsolada viuda, Artenisa I, también reina de Halicarnaso pero un siglo antes, había sido menos delicada en su pasión: se enamoró de Dárdano y, al ser rechazada por él, le mandó arrancar los ojos y después se quitó la vida. Y es que también ha habido mujeres escalofriantes. Como la gran Irene, emperatriz bizantina del siglo VIII; que organizó aquel VII Concilio de Nicea que aplastó a los iconoclastas. Irene subió al poder a la muerte de su marido como regente de su hijo Constantino, que a la sazón tenía diez años. Una década mas tarde el hijo tuvo que recurrir a un levantamiento militar para desalojar a su madre del trono, pero poco después cayó en la debilidad filial (sólo tenía veintidós años) de llamarla junto a él. Irene volvío, desde luego que volvío: primero acusó a su hijo de bigamia, luego lo destronó más tarde lo encarceló y por último le mandó cegar. Se autoproclamó entonces emperatriz, pero fue destronada cinco años después y murió en el destierro. Lo más curioso de todo es que su cuerpo fue traído años después a Constantinopla con honores de reliquia, y ella fue canonizada por la Iglesia ortodoxa: de modo que esta madre que mandó sacar los ojos de su hijo es hoy santa Irene para un buen puñado de creyentes.
Todos estos relatos de soberanas fuertes y feroces indican que la mujer también puede ser malvada, lo cual en cierto modo es un alivio porque nos reafirma en nuestra humanidad cabal y completa: somos capaces, como cualquier persona, de toda excelencia y todo abismo. ¿La más mala de todas? Difícil competición, pero una perversa clásica y emblemática, del mismo modo que fue emblemática la maldad del marqués de Sade, es Elizabeth Barhory , la condesa sangrienta (1560-1614), una viuda húngara que creía poder conservar la juventud si se bañaba en sangre de doncella. Torturó, dicen, a más de seiscientas jóvenes campesinas, a las que acababa degollando y desangrando. Descubiertos sus crímenes, fue emparedada viva en su castillo.
Ha habido, en fin, mujeres de todo tipo. Empresarias de fuste, como Marie Brizard (s. XVIII) o Nicole Clicquot (s. XIX) otra viuda, en este caso célebre y espumosa. Científicas extraordinarias, como María Agnesi Pinottini, una matemática italiana que publicó en 1748 el mejor tratado de cálculo diferencial que se había hecho hasta el momento, o aventureras fogosas, como la conquistadora Mencía Calderón, que dirigió en el siglo XVI una expedición al Paraguay. Puestas a desempeñar labores extrañas, incluso hubo una mujer verdugo en la Francia del siglo XVIII: cuando, tras años de oficio, descubrieron su sexo, la metieron en la cárcel por diez meses.
Tras la insipidez de nuestra amnesia colectiva, pues, se oculta un abigarrado paisaje de mujeres extraordinarias, lagunas admirables, otras infames. Todas ellas tienen en común una traición, una huida, una conquista: traicionaron las expectativas que la sociedad depositaba en ellas, huyeron de sus minimizados destinos femeninos, conquistaron la libertad personal. Hay que tener en cuenta que en la mayoría de los casos, y durante milenios el ser mujer implicaba no tener acceso a la educación y ni tan siquiera a una mínima libertad de movimientos (salir sola a la calle o viajar sola). Ahora viven, por encima de ese trasfondo común, cada vida es tan rica y tan diversa como lo son todas. Hombres y mujeres compartimos, en el sustrato profundo, la misma humanidad básica.
¿Y porque descubrir éstas biografías de mujeres? Pues por que las mujeres hemos formado parte de la historia, esa historia desconocida que desde pequeños hemos aprendido en el colegio en masculino, solo conociendo aquellos hechos a través de los que se contaba lo que había pasado en el mundo a través de los poderosos reyes, conquistadores, religiosos o colonizadores y donde estaban las mujeres? ¿Acaso en aquellos hechos históricos no estaban? ¿No existían hasta hoy día las mujeres porque no se relata la historia a través de sus miradas? Realmente me parece sorprendente esta forma de abuso de poder y de alguna manera quiero comenzar ésta página retomando la historia, con sus mujeres y las historias de algunas de ellas que vivieron heroicamente hace apenas un par de siglos, por poner algunos ejemplos, a decir verdad, mas que escoger yo a las protagonistas ellas me han escogido a mí, es decir contaré aquellos relatos de mujeres que he leído y en algún momento sus b
iografías o diarios me impactaron por algo en especial, que me hicieron reflexionar, vivir, sentir o enfadarme……….y quiero compartirlas con vosotras y vosotros. Además leyendo biografías y diarios de mujeres una descubre perspectivas sociales insospechadas, como si la vida real, la vida de cada día, compuesta por hombres y mujeres de carne y hueso, hubiera ido por derroteros distintos de la vida oficial, recogida con todos los prejuicios sociales. Tomemos, por ejemplo, el tema del amor de la mujer mayor con un hombre joven, se diría que esta relación, considerada durante mucho tiempo como un hecho extravagante y escandaloso, ha sido hasta ahora (y en buena medida todavía pareces serlo hoy) una completa excepción a la normalidad. , sin embargo, no hay como ponerse a bucear en las vidas de las antepasadas para descubrir una asombrosa abundancia de situaciones de este tipo.
Por citar tan solo unos cuantos ejemplos, recordemos que Agatha Chistie se casó en segundas nupcias con Max Mallowan, un arqueólogo quince años más joven, y vivieron juntos cuarenta y cinco años, hasta la muerte de ella. George Eliot se casó a los sesenta y uno con John Cross, veinte años menor, y George Sand vivió con dl grabador Alexander Manceau, catorce años más joven, una gran historia de amor que duró tres lustros y que solo terminó con la muerte del hombre (años después, ella tenía sesenta u uno, él cuarenta, mantuvo una corta pero intensa pasión sexual con el pintor Charles Mrcshal)
Lady Ottolines Morrel, mecenas del grupo Bloomsbury, disfrutó de la más bella e intensa relación de amor de su vida a los cincuenta y pico años, cuando se enamoró de un jardinero de veinte al que llamaba “tigre”.Simone de Beauvoir mantuvo una relaciòn amorosa de siete años de duraciòn con el periodista Claude Lanzmann, mucho menor que ella (y no fue su único amante más joven). También la celebérrima Madame Curie, premio Novel de dos veces, vivió un amor poco habitual con el científico Langevin : él era sólo seis años más joven, pero estaba sacado, lo cual aumentó el escándalo. Incluso la muy formal Eleanor Roosevelt, esposa del presidente norteamericano Frasnklin Delano Raoosevert, tuvo un amante doce años menor, Millar, que fue la gran historia secreta des su vida: estaban tan unidos que Millar escribió a Elesanor una carta diaria durante treinta y cuatro años.
Quiero decir que media humanidad, la parte femenina, ha vivido durante milenios una existencia a menudo clandestina (como clandestinos fueron muchas veces esos amantes jóvenes, o como lo era el lenguaje, nushu el lenguaje secreto) y en gran medida olvidada, pero siempre mucho más rica que ha horma social en que estaba atrapada, siempre por encima de los prejuicios y los estereotipos.
Con estos relatos, estas breves biografías de mujeres solo quiero echar una breve ojeada a esas tinieblas, porque hay una historia que no está en la historia y que sólo se puede rescatar aguzando el oído y escuchando los susurros de las mujeres. Por todo esto disfruten de la historia, una historia contada por, de, desde y para mujeres y hombres, una historia desde el punto de vista femenino, otra forma pues de contar la historia.
Escrito por: Mafalda

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