INDÍGENAS-GUATEMALA : TEJIENDO SUPERVIVENCIA


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Por Inés Benítez

SOLOLÁ, Guatemala (IPS) “Antes de formar parte de la asociación estábamos encerradas en nuestras casas. Ahora hemos logrado perder el miedo y la vergüenza a salir, conocer otros lugares y, además, aportamos dinero a nuestras familias”, cuenta Nicolasa Raxtun, una indígena maya cakchiquel de 30 años.

En una casa de Chuacruz, una pequeña comunidad de unos 800 habitantes en la región guatemalteca de Sololá, seis mujeres aborígenes se reúnen para contar a IPS cómo ha influido en sus vidas integrarse en la Asociación de Artesanos Aj Quen, que en lengua cakchiquel significa El Tejedor.

La entidad que aglutina hoy a 781 personas, en su mayoría mujeres, nació en febrero de 1989 por iniciativa de representantes de grupos organizados de artesanas indígenas de las regiones sudoccidentales de Sololá, Totonicapán y Quetzaltenango, la norteña Alta Verapaz y la central Chimaltenango.

Conservar la cultura milenaria y ofrecer capacitación y asistencia son parte de una propuesta de desarrollo integral basada en el comercio justo.

Esta experiencia es protagonizada por mujeres pobres indígenas que acceden así a fuentes de trabajo y ganan confianza y autoestima, pese a las dificultades persistentes como la débil capacidad productiva y la falta de legislación apropiada para promover y proteger la actividad de esta asociación, al igual que la del millón de otros artesanos guatemaltecos.

“Las fundadoras fueron sobre todo mujeres de la región del Altiplano que quedaron viudas durante el conflicto armado interno”, relata a IPS el coordinador ejecutivo de Aj Quen, José Víctor Pop, quien destaca el “avance” de su situación desde 1989, “porque antes no se atrevían a salir de sus casas y ahora asisten a cualquier actividad social”.

Una mujer indígena confirmó a IPS que en sus más de 30 años, nunca había salido de su aldea y que subió a un autobús por primera vez en su vida para llevar unos tejidos a Chimaltenango, donde está la sede de Aj quen.

Vinculado al proyecto desde 1994, Pop recuerda que la guerra civil dejó a estas mujeres muy marcadas y con mucho miedo, en un medio donde además impera el machismo. Todo las empujaba a encerrarse, pero el trabajo en grupo las hizo ganar autoestima y confianza, asegura.

En 1996, los acuerdos de paz pusieron fin a 36 años de guerra entre la insurgente Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca y las fuerzas de seguridad del Estado, que dejó unas 200.000 víctimas, la mayoría indígenas.

Las bufandas, fundas para cojines, bolsos, manteles y demás piezas elaboradas por 25 grupos de artesanos se exportan: 95 por ciento a Europa, 10 por ciento a Estados Unidos y cinco por ciento se distribuye localmente, detalla a IPS Jorge Mario Tzaj, encargado de diseño.

“Pero lo importante es la capacitación”, advierte Pop, porque el objetivo es mejorar el nivel de vida de los asociados, brindando apoyo técnico, financiero y socioeconómico, al tiempo que se conserva su cultura milenaria mediante la producción de artesanía.

En la casa de Raxtun, casi desdibujada por una niebla húmeda, hay dos máquinas donde cosen cremalleras.

En la cercana comunidad de El Adelanto, otro grupo de mujeres borda a mano estrellas en fundas de celular y estuches portalápices, conformando así un trabajo en cadena que comienza con un primer diseño de lienzo en la sede de Chimaltenango, desde donde se distribuyen patrones y materia prima a los artesanos, se imparten cursos de formación y se recibe el producto acabado.

La elaboración del tejido se lleva a cabo en la comunidad de Chaquijya, donde cuentan con 10 telares de pedal y una guardería.

Así se integra el esfuerzo de mujeres que trabajan en manualidades con artesanas del sencillo telar de cintura a pedal, en el que el hilo de urdimbre se extiende entre un objeto inmóvil y el cuerpo de la tejedora y las levas mueven las urdimbres por donde pasan las tramas, sastres, grupos de crochet y bordado.

Como entidad privada sin ánimo de lucro, Aj Quen se basa en los principios del comercio justo, de forma que los beneficios obtenidos de la venta llegan directamente y de forma equitativa a los asociados. “Obtenemos buen precio”, confirma Raxtun.

“Este proyecto ha ayudado mucho a mi familia porque necesitamos dinero para alimentación y ropa”, indica a IPS en un titubeante español Antonia Churunel, de 33 años, seis hijos, y un marido empleado en la capital.

“Al trabajar organizadamente, no de forma individual, hemos logrado resultados”, agrega, con su hija Evelyn, de un año y medio, entre los brazos.

Mientras las mujeres cuentan su historia, la mayoría en lengua cakchiquel, varios niños corren por el patio entre gallinas, cerca de cultivos de maíz y arvejas.

“Somos un apoyo económico para el esposo”, subraya María Chiroy, de 52 años y tres hijos.

Gracias a las capacitaciones, periódicamente las artesanas tienen la opción de laborar para otros proyectos y obtener más ingresos.

Juana Raxtun, de 29 años, calcula que puede ganar entre 600 y 700 quetzales (80 y 90 dólares) mensuales con su trabajo de confección en Chuacruz.

Cincuenta y uno por ciento de los guatemaltecos son pobres y 15,2 por ciento indigentes, siendo la población rural, las mujeres y los indígenas los más desfavorecidos, según datos del Instituto Nacional de Estadística, que cifra en 41 por ciento el número de aborígenes.

Lorenzo Muxtai, coordinador del programa de educación de Aj Quen explica a IPS que las capacitaciones tienen una parte técnica, que incluye manejo de telares, máquinas de coser y manualidades, y otra social, que tiene que ver con género, salud reproductiva y derechos humanos.

Los cursos insisten en la formación económica y enseñan contabilidad básica y microempresa, sin dejar de lado aspectos como la incidencia política, el poder local y la cultura democrática.

“El cambio se ha visto desde 1989. Empezamos a trabajar con mujeres sin educación formal, y con las capacitaciones empiezan a tener el valor de hablar en público, viajar en autobuses, y comienzan a mejorar sus condiciones de vida”, narra Muxtai.

Con su “desarrollo integral”, las mujeres se benefician ahora con una fuente de trabajo e ingreso económico y se vinculan por sí solas a otras organizaciones, tienen más pedidos y tejen huipiles y cortes, la vestimenta de los indígenas, para vender en el mercado local, subraya.

En 2007, las ventas crecieron 11 por ciento respecto del año anterior. Sin embargo, han tenido que superar inconvenientes, como la falta de nuevos diseños, la débil capacidad productiva o fenómenos naturales, como la tormenta Stan en 2005, que aisló comunidades e impidió las entregas y las capacitaciones, apunta.

Cuarenta por ciento del proyecto productivo comercial se autofinancia y el resto, que corresponde al programa educativo, es solventado por la confederación de organizaciones no gubernamentales Oxfam Bélgica, con cuya ayuda se planea abrir varias tiendas solidarias en el país.

Sololá, a unos 140 kilómetros de Guatemala, es la región donde viven más grupos asociados: 18 con 601 personas.

Algunas de las hijas de las fundadoras, que eran analfabetas, se han ido involucrando también en el trabajo, cuenta a IPS Carlos Mendoza, encargado de producción.

La asociación tiene un programa de microcréditos y lucha para que entre en vigencia la ley de Protección y Desarrollo Artesanal (decreto 141-96). “Necesitamos una organización de derecho intelectual, más participación de los artesanos en el gobierno y una escuela de artesanía nacional, para que asistan los niños”, detalla Pop, quien lamenta que “pierde la cultura por la emigración”.

Pop sostiene que esta norma, tal como está redactada, “nunca ha funcionado” ni está acorde con las necesidades de los artesanos, por lo que precisa una reforma.

Las expectativas están centradas en el flamante presidente centroizquierdista Álvaro Colom, quien durante la campaña electoral se comprometió a modificar la ley, promulgada el 9 de enero de 1997, y a crear un reglamento que la actualice e incluya demandas del sector. Pero consultas realizadas por IPS entre diputados y funcionarios del gobierno asumido el 14 de enero admitieron desconocer el asunto.

Mientras las mujeres hablan en la casa bajo techo de aluminio, María Julajuj urde afuera en un pequeño telar, sentada en el suelo. No se acuerda de su edad, pero sus dedos se mueven con habilidad junto a un canasto en el cual se amontonan hilos de colores enroscados en pequeñas latas de jugos vacías.

“No logramos que salgan de la pobreza, pero es un esfuerzo para su supervivencia. Si antes no tenían para una libra de azúcar, ahora les alcanza para la canasta básica”, concluye Pop. (FIN)

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